Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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cándose de manera que su padre no pudiese perderlo de vista. En vano tronó el cañón, en vano de las naves
partió un prolongado rumor contestado desde tierra por inmensas aclamaciones, en vano se esforzó el ruido en aturdir los oídos del padre, y el humo en borrar el objeto amado de todas sus aspiraciones: Athos vio a
su hijo hasta el último momento; el imperceptible átomo pasó del negro al pálido, del pálido al blanco, y
del blanco a nada, y desapareció a los ojos de Athos mucho después que para los de los presentes habían
desaparecido las poderosas naves y sus hinchadas velas.
A mediodía, cuando ya el sol devoraba el espacio y apenas si los topes de los palos sobresalían de la
abrasada línea del mar, Athos vio remontarse por el espacio una nubecilla tan pronto desvanecida como
vista: era el humo de un cañonazo mandado disparar por Beaufort para saludar por última vez la costa de
Francia.

ENTRE MUJERES

D'Artagnan no pudo ocultar su emoción a sus amigos como hubiera deseado. El soldado estoico, el impa-
sible guerrero, vencido por el temor y los presentimientos, cedió a la flaqueza humana; y cuando hubo aca-
llado su corazón y calmado el temblor de sus músculos, se volvió hacia su lacayo, silencioso servidor siem-
pre oído atento para obedecer con más presteza, y le dije:
--Rabaud, sabe que debo hacer treinta leguas por día.
--Está bien, mi capitán, --respondió Rabaud.
Desde aquel instante, D'Artagnan, acostumbrado a montar, verdadero centauro, no le ocupó en nada.
El hombre inteligente nunca se aburre cuando ejercita el cuerpo, como el sano nunca deja de parecerle
leve carga la vida si algo le cautiva el espíritu.
D'Artagnan, siempre corriendo, siempre pensando, llegó a París elástico de músculos, como atleta prepa-
rado para la gimnasia, y como no encontró al rey, que acababa de partir hacia Meudón para una cacería, en
vez de correr tras el monarca, como hubiera hecho en otro tiempo, se desnudó, tomó un baño, y esperó a
que regresase Su Majestad bien fatigado y polvoriento.
Durante las cinco horas que tardó Luis XIV en llegar, el mosquetero tomó, como suele decirse, el aire de
la casa, y se pertrechó contra toda eventualidad.
D'Artagnan supo que el rey hacía quince días que estaba taciturno; que la reina madre estaba enferma y
abatida; que el duque de Orleáns se volvía devoto; que la princesa padecía accesos histéricos, y que Guiche
había partido para sus tierras, que Colbert estaba radiante de gozo, y que Fouquet cambiaba todos los días
de médico, que no le curaba, y que su principal enfermedad no era de las que curan los médicos.
También contaron al gascón que el rey trataba con grandes miramientos al superintendente, del que no le
apartaba: pero que Fouquet, herido en el corazón como árbol frondoso carcomido por un gusano, desmejo-
raba a pesar de las sonrisas del rey, sol de los árboles de la corte; que el rey no podía prescindir de La Va-
liére, y que si no la llevaba consigo a las cacerías, le escribía cartas y más cartas, no ya en verso, sino, lo
que era peor, en prosa y mucho.
En efecto, se veía al “rey más grande del mundo”, como decían los poetas de aquel tiempo, apearse del
caballo “con ardor sin igual”, y trazar sobre la copa de su sombrero y en estilo culterano frases que su ayu-
dante de campo perpetuo, Saint-Aignán, llevaba a La Valiére a escape y a riesgo de reventar sus caballos.
Entonces D'Artagnan pensó en las recomendaciones del pobre Raúl, en la carta de desesperación que éste
le diera para una mujer que se pasaba la vida esperando; y como D'Artagnan se complacía en filosofar, re-
solvió aprovechar la ausencia del rey para conversar un instante con La Valiére.
Esto era fácil, Luisa durante la cacería real, se paseaba con algunas damas por una de las galerías del Pa-
lacio Real, donde precisamente el capitán de mosqueteros debía pasar revista de inspección a algunos guar-
dias.
D'Artagnan no dudaba de que si la conversación recaía sobre Raúl, ella al menos le daría pie para escribir
una carta de consuelo al pobre desterrado.
Ahora bien, la esperanza, o a lo menos el consuelo para Bragelonne, atendida la disposición de ánimo en
que hemos visto a aquél, era el sol, la vida de dos hombres a quienes el capitán quería entrañablemente.
D'Artagnan se encaminó, pues, adonde sabía que estaba La Valiére, y la encontró en medio de un nume-
roso corro. En su aparente soledad. La favorita de Luis XIV, recibía, tanto y más que una reina decente, un
homenaje de que la princesa Enriqueta se hubiera enorgullecido cuando el monarca sólo tenía ojos para ella
y sus miradas servían de norma a las de sus cortesanos.
Aunque no era el capitán de mosqueteros un mozalbete, tratábanle las damas con mucho mimo; y es que
D'Artagnan era tan cortés como valiente, y su terrible fama le había conciliado la amistad de los hombres y
la admiración de las mujeres. Por eso, al ver entrar al gascón, todas las señoritas le dirigieron la palabra, le hicieron mil preguntas sobre


 

 
 

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